Las imágenes domésticas: la fotografía de Camilo Castaño

Mayo 23, 2017

Finalmente, domingo. Domingo temprano en Medellín, domingo en la tarde de Barcelona, principio y final del domingo depresivo del mundo. «¡Conexión establecida!». En mi pantalla hay unas gafas de marco grueso, y tras ellas está Camilo, con el pelo corto y una barba oscura. Tiene una sonrisa pequeña, no muy amplia, amable. Camilo está dentro de una camisa de flores. Camilo está entre el yo-en-su-pantalla y unas mariposas en la pared, acorraladas por un marco de madera y un vidrio. Sobre la tela, sobre la pared, la misma naturaleza inmóvil que había visto en sus fotos. Pero lo inmóvil no siempre está muerto.

Camilo es y no es fotógrafo. Camilo es Diseñador Visual de la Universidad de Caldas, pero la fotografía siempre ha sido parte de su búsqueda creativa, un recorrido paralelo a su vida profesional. «Yo trabajo diseñando y lo que hago en fotografía nunca ha estado mediado por un afán de ver o de vivir de esto», me explica con tranquilidad, sin prejuicios. Quería conocerlo, quería que me hablara de sus imágenes, de las que no lo dejan dormir y las que sigue viendo cuando duerme, de lo que hay de aparente en ellas, de lo que él que cree que hay en ellas y de lo que espera que otros encuentren en la exposición que presentará en Alambique, a partir del próximo 15 de abril en colaboración con el Faire.

A la fotografía llegó por varios caminos, desde su natal Marulanda, y a través de Manizales, Bogotá, Medellín y Santiago. Evidencia de que, en su vida, «llegar» es un verbo borroso que describe un tránsito entre las ciudades, los barrios antiguos, las fotos viejas de su familia y su formación. De todos esos lugares, es Santiago el que más extraña. Le gustaría vivir en Chile, me dice. Echa de menos la gente, la ciudad y la escena musical independiente que encontró allí durante un intercambio que realizó en el 2012, en la escuela de fotografía analógica Cámara Lúcida

Fue una conversación desprevenida y tranquila. Sus palabras y mis preguntas. Mi ingenuidad y su honestidad, todo en torno a sus fotografías.

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Hago una pregunta cómoda. La ropa, la posición del cuerpo y de la mirada, una cabeza levemente inclinada, el gesto inamovible de un rostro, los cuerpos inmóviles; todo lo que mi vago conocimiento fotográfico categoriza como fotografía de moda. Me responde que no, que no es fotografía de moda: “Creo que para que sea fotografía de moda tiene que estar relacionado con una marca, o ser pensada desde el comienzo para exhibir algo. En el lenguaje si hay muchos elementos heredados de la fotografía de la moda, pero me interesan lenguajes más artísticos o más poéticos. No sé si tenga esa mirada de la moda, pero me interesa más el hecho de posar como parte de una composición”, me responde, y me muestra el error de mi primera impresión. En su fotografía se involucra el vestuario, pero no la moda, en ellas el cuerpo asume una posición y la mantiene, pero es el cuerpo como posibilidad poética, y no el cuerpo al servicio de las ropas que lo visten. En sus fotos, el lenguaje es más que la simple textualidad.

Quiero entender, también, el uso de los medios análogos. Si los prefiere sobre los digitales, si lo hace solo por el aspecto final; esa luz, liviana y envejecida, y el polvo brillante que parece cubrir todas sus imágenes. «Me gusta la incertidumbre, el miedo que produce tomarlas pues en 36 oportunidades el grado de sincronía debe ser mayor. Puede ocurrir que otros fotógrafos análogos busquen más el instante o registren la realidad, mientras que yo recreo ciertas atmósferas, yo busco ambientes, la textura con la que se viste la imagen cuando es de rollo». Le interesa recubrir esas atmósferas de cierta pátina, sin que ello se transforme en una nostalgia impostada, como me explica. Y es que en sus fotografías hay algo de antigüedad creada, una especie de atmosfera añeja que nada tiene que ver con la vejez y el tiempo. «De niño me gustaban los álbumes familiares de mis papás. La ropa que tenían cuando ellos eran jóvenes, cuando otros eran jóvenes. Busco un poco esa estética de otra época. Me gusta la juventud de otra época. No sé si es algo muy personal, pero no es algo consciente», continúa, casi encapsulando todo lo que debo saber sobre ellas. Los sujetos en sus fotos parecen la versión que ellos verían de sí mismos dentro de cinco o diez años, como si en el momento del disparo la imagen fuera despedida hacia atrás en el tiempo. En sus fotos veo ese aire de pasado inmediato del que me habla. El mismo aire de los barrios que registra con recurrencia, barrios como Prado o Laureles, llenos de casas familiares, de jardines domésticos, de lugares aun presentes que vieron otro resplandor, «lugares que para otros han perdido brillo, o para todos son normales, y que intento se vean especiales. Busco una imagen entre lo poético y lo cotidiano. La singularidad en medio de lo cotidiano».

Hay ventanas, portales, vegetación, sujetos estáticos en todas ellas y, sin embargo, creo que lo une a sus fotos, no solo es esa atmósfera de la que me habla, sino una especie de domesticidad latente, un sustrato común: Personas que no son modelos y que, sin embargo, posan inmóviles, domesticando su propio cuerpo, su movimiento; vegetación, mucha y muy verde, pero todas plantas domésticas, domesticidad silvestre; casas, barrios, escaleras y puertas con rejas en frente, cicatrices de la vida doméstica que fue y ya no es.

Durante este mes las personas podrán ver sus imágenes y preguntarse sobre las mismas. Podrán peguntarse, por ejemplo, quienes son las personas que aparecen en ellas, y por qué parecen tan normales y cotidianos. Y la respuesta es que lo parecen porque lo son; Camilo no toma fotos a modelos, y solo busca rasgos singulares en las personas que desea retratar, casi siempre desconocidos. «Siento emoción cuando la gente me preguntan si son modelos, si son personas que saben posar, porque no lo son, y porque es mérito del fotógrafo resaltar esas facciones, hacer que funcionen en el momento la figura y el fondo». Entonces, no se trata del gesto perfecto o la pose cuidadosa, se trata de la singularidad que se le puede conferir a un cuerpo cualquiera.

Por último, deseo saber por qué quiere exponer, y más en una ciudad que le da tanta importancia y relevancia a las exposiciones, que cree que solo quien es bueno y reconocido debe exponer. Le digo que creo que la gente en Medellín debe pararse frente a una imagen y preguntarse cosas, lejos de relevancia o la validez del autor de esas imágenes, y él me responde, respecto a su exposición: «No estoy muy seguro de la calidad del trabajo o de si sea el momento correcto, pero si tengo la oportunidad de mostrarlo, quisiera aprovecharla. Me gustaría que personas que son ajenas a la fotografía, o que no conocen del tema, puedan ver esas fotos y sentir cosas ajenas a mi proceso porque lo que subo y muestro siempre está dentro de un mismo círculo, entonces creo que exponer le da la oportunidad a mis imágenes de que hablen por si solas».

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En Chile, alguna profesora le dijo que sus retratos eran difíciles de vender pues a la gente no le interesaba tener la cara de un desconocido en la sala de su casa. Juicio obtuso el de la chilena cuando todos tenemos, no solo los rostros de extraños, sino sus vidas completas, siempre actualizadas al alcance de una falange. Las imágenes de Camilo se comprarían por las mismas razones que alguien compraría un libro: porque no sabemos todo sobre ellas pero nos atraen sus partes visibles, las que se explican solas; las cubiertas llamativas, un índice convincente, un prólogo demoledor. Y, sin embargo, es lo que no sabemos, lo que suponemos e imaginamos, lo que nos convence. Esa realidad doméstica que camilo retrata es una realidad que todos conocemos y experimentamos, pero es, además, una realidad insuficiente sobre la que nos seguimos preguntando cosas. Que la exposición de Camilo sea la oportunidad de formular más preguntas.